Culturamas dijo:

Atravesando el Des-encuentro

Por Luciana Carlopio.


Tengo una amiga que clasifica cualquier espectáculo de la siguiente manera: esos que vas con tu pareja y esos que ni loca, que mejor que te acompañe alguien del “palo” (explicación al margen: con alguien que comparta intereses similares a los de uno, en este caso artísticos). Pues bien, el sábado me acordé de ella con Des-encuentro.

Des-encuentro es una obra de teatro que también te plantea esta disyuntiva: ¿Para quién está dirigida? Su argumento se presenta fracturado, con frases que se armonizan a un ritmo disonante y que únicamente encastrándolas es que se puede llegar a unificar los parlamentos. Dos personajes en una habitación: él que se construyó una identidad para ella, ella que alarga ad infinitum el tiempo que le queda. Con ayuda de la iluminación, las escenas se aíslan y de esta forma, la repetición logra ser un recurso para contar la historia que los personajes despliegan sin ser claros. Porque no es lo deseado. La obviedad es como el convidado ausente en este banquete delirante de las relaciones interpersonales.
Vuelvo al planteo de mi amiga y me pregunto: ¿es razonable? Entonces en medio de esta representación absurda me doy vuelta y trato de mirar las caras de mis compañeros espectadores. ¿Son caras de parejas o caras de amigos del mismo palo? ¿Importa? ¿Alguno habrá especificado en su invitación que esta obra se refería al desencuentro de dos personas? ¿Hace falta adelantar el argumento a modo de arenga? No lo sé, en cambio en este juego seudo sociológico me llega la respuesta más razonable: ninguna. O las risas de los espectadores. Porque esto es algo que se oye a los diez minutos de comenzada la función, cuando ya se tiene cintura como para establecer conexiones.
Este des-encuentro se logra por acciones que se interrumpen y otras que se repiten, por el diálogo que él mantiene por teléfono y que se ignora, por continuos golpes en la puerta, por la música que sigue este suspense, por el vestuario y el decorado y sus colores llamativos y sobre todo por el contraste entre una y otra vestimenta. Lo resumo: se logra gracias a su puesta hecha acción. Agrego: se logra gracias a la excelente actuación de estos él y ella, que son Marisa Pájaro y Daniel Ibarra. Y por Mariana Hansen, su dramaturga y directora, quien capta con acierto lo tal vez más simpático del des-encuentro, ese guión entre el prefijo y el término.
Porque, ¿cuál es la distancia entre uno y otro? Lo interesante de esta obra es que la respuesta no es unilateral: de sobra la trama se quiebra en un rompecabezas para que alguien lo arme. ¿Les corresponde a los personajes hacerse cargo de la historia que atraviesan? ¿Será acaso con esa escena final, donde ella asiste a una terapia psicoanalítica, y en ese caso, será este psicólogo el encargado de aunar las piezas mezcladas? ¿Tendrá que ver con un paratexto por parte de su directora? ¿O el fardo le toca al espectador?
Y más allá de que a todos les toca mover su pieza, creo que es el espectador una fundamental para que el sentido, si lo hay, pueda tomar forma. El espectador emancipado del que habla Jacques Rancière y no otro, uno que se tome en serio su tarea de mirar traduciendo y narrando aquello que está pasando frente a él. Que se incluye en esta obra, que se piensa como parte integrante de la representación.

Mientras lo medito se me cuela nuevamente la clasificación de mi amiga, que también es una espectadora y que con esto es bastante explícita: hay determinadas obras que son para un determinado público. O a la inversa: hay determinado público que no va a ver determinadas obras. Y hay, sobre todo, un espectador que puede fluctuar entre ambos grupos y que es conciente con quién cruzar la vereda.
No le voy a preguntar entonces algo que ya se cómo responderá. Pero sí, la voy a contradecir: ¿por qué no salvar las distancias con una pareja despareja en gustos, y por qué no intentarlo con Des-encuentros? Siempre es una buena opción ser movilizado por el arte. ¿Porque no es esto, al fin y al cabo, con lo que el teatro está hecho?

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